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domingo, 11 de marzo de 2018

Pescaíto

Hoy no quiero escribir un cuento. Un cuento es algo divertido, un camino diseñado para que los niños aprendan, para que ensanchen su imaginación y descubran esa otra vida que, más allá de los sentidos, les dibuja sueños maravillosos donde ellos son los héroes. Ojalá todo esto fuera un cuento. Macabro, pero cuento. Hay niños a los que no les gusta ser héroes.

Nunca me ha gustado pescar. Me resulta aburrido. No soy ecologista ni me siento mal cuando un animal muere si es para alimentar al ser humano. Adoro los animales pero no los encumbro a la cúspide de la estructura social. Y los peces son deliciosos cuando están al horno, envueltos en patatas, con salsa al limón. Pero ahora… no sé ahora cómo me sabrá un pescaíto frito cuando lo meta en la boca. ¿Será como matar a Gabriel? 

No. Gabriel ya ha muerto. Muerto. Seis letras. Seis putas letras que al comienzo del Génesis se combinaron para formar la palabra maldita. Pero… ¿nos resulta maldita a todos los humanos? No. A algunos hasta les resulta familiar. Hay personas, culturas, civilizaciones enteras que no mueven un músculo cuando la pronuncian. A ésa y a sus parientes cercanas. “Ha muerto”; “lo maté”; “la muerte llega cuando menos te lo esperas”; “tú hazlo, y morirás”. ¿Por qué hay gente así? ¿Por qué, Dios, has creado gente así?

Dios. ¿Qué Dios? Dios. Solo ha de haber un Dios. ¿Dos dioses? Ya no son Dios. Lo entendí en COU. No hablo ni del cristiano, ni del islámico, ni del de ninguna otra religión. Hablo de Dios. Dios. ¿Por qué has creado gente así? Gente que mata sin sentido. Gente que no siente nada ante la muerte. Gente que puede haber matado y al rato llorar con el padre de la víctima. Gente que duerme, acaricia, besa al padre de un niño de apenas ocho años muerto por esa gente. ¿Por qué Dios? ¿Es que acaso, Tú que lo ves todo, no podías haber dejado de pensar en esa gente antes de que matara? Es fácil. Dejas de pensar en ella y ya no existe, ya no mata, ya no hay lágrimas, ya no hay sufrimiento… y Gabriel sigue jugando con sus amigos. Así de sencillo. ¿Por qué no lo has hecho?

Ahora sí hablo de mi Dios. Y Él conmigo. Me dice… que, ¿por qué? Porque os di la libertad. Sí. La libertad. Todo mi poder se para frente a esa palabra. Ocho letras que también se combinaron cuando surgió “muerte”. Habéis muerto y matado por la libertad. Muerto y matado. ¿Tanto os gusta esa palabra? Parece que sí. Todos quieren ser libres. Libres para el bien y libres para el mal. Está bien ser libres para el bien, ¿verdad? Pero para el mal… ahí me necesitáis, ¿no? Entonces, ¿me dejáis a mí que decida cuándo habéis de ser libres? ¿Libertad? ¿Eso será libertad? Me odiaríais. Y lo sabéis. Si sois libres, sois libres para todo, para lo bueno y para lo malo. Y ni os imagináis todo lo que hago para minimizar los efectos de vuestra libertad. Pero no siempre puedo… ni debo. Hoy no. Pero… pero Gabriel está aquí, a mi lado, jugando. Es feliz. Sé que no os consuela. O quizá sí, un poco. Pero es la verdad. Está aquí, a mi lado, jugando, riendo, dispuesto a seguir siendo feliz el resto de la eternidad. Nueve letras. Eternidad. Ésta ya estaba creada antes de que os creara a vosotros. 

Hoy he dibujado en mi alma un pescaíto. Ocho letras. Pescaíto. Va a venirse conmigo durante muchos días. Nadará entre las aguas de mi mente y hablaré con él. Jugaré con él. Y llegará un día en que le dejaré ir aguas adentro, a alta mar, cuando mis heridas curen y ya no le necesite. Porque ahora es él, “pescaíto”, Gabriel, el que nos ha de ayudar desde el cielo, entre juego y juego, entre risa y risa, entre caricia y caricia de Dios, a seguir viviendo.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Al buen Jesús

Ahmed no tuvo niñez. Al menos no tuvo la niñez que todos los niños de occidente viven. Nunca le llegó Papá Noel con regalos. Ni tuvo recreo en el colegio, porque ya ir de vez en cuando a la escuela era un regalo. Tampoco tuvo vacaciones en la playa, ni disfrutó de juegos con sus amigos los días de cumpleaños.
Ahmed vivía en Siria, cerca de Aleppo, al norte del país. En su pueblo apenas había cien personas y todas se conocían. Sin embargo, tanto Ahmed como su familia eran especiales. En realidad eran, para sus vecinos, “los raros”. Y es que la familia de Ahmed era cristiana. Aún con todo, nadie en el pueblo les rechazaba ni les excluía; si acaso, de vez en cuando, sufrían alguna broma, alguna pequeña humillación. Pero poco más.
El padre de Ahmed era pastor, o lo más parecido al pastor que conocemos en occidente. Temprano, cada día, llevaba su ganado, y el de los vecinos que se lo confiaban, a las zonas de pastos del norte, al pie de las montañas, y allí pasaba casi todo el día. Muchas veces Ahmed iba con él, aunque también otras tantas se quedaba en casa ayudando a su madre que, inválida, tenía dificultades al andar: tenía días, y los malos necesitaba la ayuda de su hijo.
A Ahmed le hubiera gustado tener un hermano, pero la vida lo impidió. Y es que su madre apenas conservó la vida cuando se la dio a su hijo. Un virus, le dijeron los médicos; una maldición, le aseguró la familia. La madre aceptó que no volvería a sentirse fértil, pero rogó “al buen Jesús” que a cambio ayudara a Ahmed a tener una vida larga y feliz.
Así iba la vida hasta que llegó el día más triste que Ahmed recordaría durante años y años. Todo fue muy rápido. Una llamada a la puerta de la casa en la madrugada. Unos gritos furibundos. Su padre que, apenas despierto, abrió con cuidado y… Ahmed solo tuvo tiempo de refugiarse bajo su camastro y desde allí vio como unos hombres armados y medio locos entraron arrollando a su padre y, golpeándolo, le hicieron caer al suelo. Su madre, cojeando y llorosa, se interponía entre todos ellos, y no paraba de recibir golpes e insultos mientras rogaba que dejaran a su marido, que no le hirieran. Pero aquellos hombres no sabían lo que significaba la palabra piedad. Ataron al padre de Ahmed y sin dejarle mirar siquiera a su mujer, se lo llevaron. Allí quedó su madre, de rodillas rezando “al buen Jesús”, pero destrozada por el dolor. Ahmed tardó en salir de su escondite, llegándose a su madre hasta fundirse con ella en un abrazo sin fin. Siempre recordaría Ahmed que no lloró. Ni una lágrima. ¡Ah!: y nunca más volvió a ver a su padre.
Han pasado muchos años desde que Ahmed dejó de ser niño. Ahora vive en Roma. Está casado, tiene tres hijos, uno de ellos ya en la universidad. Su esposa también es siria. Se conocieron cuando Ahmed apenas llegó a Italia. Seis meses tardó en hacer aquel viaje que, desde su dureza, le dio la vida. Se despidió de su madre una madrugada fría. Ambos supieron al mirarse en la oscuridad de la noche que nunca más verían sus caras. Pero su madre le despidió con una sonrisa mientras le decía: “Siempre te tendré en mi mente y nunca te faltará nada porque yo rogaré al buen Jesús para que te proteja”. Así debió ser porque pese a los muchos días de frío y hambre, las noches húmedas durmiendo en bancos de parques oscuros y solitarios, Ahmed consiguió encontrar aquel colegio de Roma donde le abrieron las puertas para que aprendiera un oficio. En el Centro Elis -así se llama- sintió, por primera vez en años, el cariño del cuidado, la seguridad de la preocupación que los profesores le demostraban, la esperanza de comenzar a vivir un futuro feliz.
Hace apenas dos días que Ahmed ha cumplido cincuenta y tres años. Mañana será un día importante para él porque será nombrado director de producción de la empresa donde trabaja. Pero hoy Ahmed está arrodillado en la capilla de San Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro dando las gracias “al buen Jesús” por la vida que le ha concedido vivir.

jueves, 26 de octubre de 2017

Un rayo de sol en mi casa de adobe

Hoy me he levantado como ayer. Y como anteayer. Lo primero que he visto por encima de los hombros de mis hermanos ha sido un pequeño rayo de sol que se colaba por el ventanuco de casa. Todos los días me fijo en él. Es una de las cosas más bonitas que he visto nunca. Cuando lo miro, en el silencio del amanecer, mientras despierto, me imagino que es un aviso del cielo para que no me olvide que el calor del sol siempre estará ahí. No sé, serán tonterías mías, pero ese rayo me da esperanza y me hace sonreír cada mañana.
- Eric, ¿qué haces?.
- Nada mamá. Estoy aquí en el río.
- Vale. Ten cuidado y sube pronto. Vamos a comer.
No le he dicho que estoy escribiendo. Nadie lo sabe. Desde que vino aquel hombre y nos repartió lápices de colores y papel y libros, no he parado de escribir. De algo me ha servido ir a la escuela. Mis ocho hermanos no han tenido esa suerte. Porque suerte fue. Mis padres tuvieron que elegir a uno de nosotros para ir al colegio y me tocó a mí. Aunque tampoco fue tanta suerte, que para ir a clase tuve que hacer todos los días diez kilómetros andando. Y los días de sol, vaya, pero los de lluvia y viento la selva se pone imposible.
- Hola, Eric. ¿Te puedo ayudar?
- No. Ya he terminado. Ahora estoy escribiendo.
- ¿Escribiendo? ¿Y lo sabe mamá?
- No. Y será mejor que no le digas nada.
- Vale.
Yasine es mi hermana mayor. Tiene sólo un año menos que yo pero es tan alta que ya parece una mujer. La quiero muchísimo. Todos estos años, con mi enfermedad y todo eso, me ha cuidado casi más que mi madre. ¡Anda que no se ha levantado noches para limpiarme! Y todos los días, no pasa ni uno, se acerca al río a esta misma hora y me dice que si me ayuda. Por eso la he dicho que estaba escribiendo, porque a Yasine no se lo puedo ocultar.
Bueno, será mejor que termine por hoy. La verdad es que al final no he escrito nada de lo de mis tripas. Y se me ha echado el tiempo encima. Mañana lo haré. Hoy la cura no ha ido tan mal. Lo que más que molesta es cuando la bolsa de plástico es blanca, porque todo se transparenta y ver mis tripas no me gusta nada. Además, cuando las lavo con el agua del río, mojadas, se ven aún más a través de la bolsa. Algunos niños de la aldea todavía me dicen que qué asco, y mira que lo saben desde hace años.
¡Anda, pero si mañana no podré escribir! O, al menos, no sé si podré. Mañana me levantaré igual que hoy, miraré el rayo de sol entrando por el ventanuco de casa, sonreiré y esperaré a que venga el hombre aquel con la furgoneta para llevarme a Monkole. Me han dicho que es un hospital chulísimo. Además, ir hasta Kinsasha es toda una aventura. A ver si todo sale bien. Me han dicho que sí, que no habrá problemas, y que ¡por fin! podrán cerrarme el saco de los intestinos para que no se me salgan más. ¡Adiós a las bolsas de plástico! ¡Por fin podré ser un niño normal! Lo peor es que ya no vendré tan a menudo al río a lavármelos (no sé porqué el médico ese me dijo que me los lavara, si el agua del río necesitaría agua para lavarse) y no tendré tanto tiempo para escribir. Bueno, ya se me ocurrirá algo.
¡Qué feliz soy, Dios mío! Qué suerte he tenido en nacer en el Congo. Y mañana, sano ya, lo tendré todo.

Coda: la historia de Eric está basada en un hecho real de un niño de la República Democrática del Congo que tuvo la desgracia de estar años con una enfermedad que le obligaba a llevar los intestinos por fuera de la pared abdominal, al aire libre, y que no pudo curarse antes porque no tenía dinero para pagar un hospital. Ahora, felizmente, ya está curado.