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viernes, 1 de mayo de 2020

Responsabilidad por el COVID-19

   Yo opino
Una reflexión larga sobre las responsabilidades derivadas de la pandemia del COVID-19

Escucho mucho en estos días a personas que, cuando opinan sobre quién es el culpable de la horrorosa gestión de la pandemia en España, concluyen que los políticos, “unos y otros”. Y esa conclusión no puede sino ser una salida airosa para quien, en el fondo, tiene claro que la responsabilidad es de quienes ahora están en el Gobierno y a quienes votó y, probablemente, seguirá votando. Es una manera de ocultar una cucharada de aceite en una bañera llena de agua: diluirla lo máximo posible. En ocasiones la expresión también puede ser causa del miedo, miedo a que te “tilden” de fascista (se sabe que fascismo deviene del “fascio italiano”, esto es, de Mussolini, pero sí se supiera que era afiliado al partido socialista italiano y director de un periódico de tinte socialista en sus tiempos de “periodista”... ¿qué terremoto provocaría?).
En cualquier caso, todos tenemos nuestra opinión sobre quienes son los responsables de lo que, creo, estaremos de acuerdo, ha sido una horrorosa gestión de la pandemia; aunque, bien pensado, tampoco todos tenemos porqué tener claro que esa gestión ha sido tan horrorosa. Quizá unos por convicción, quizá otros por interés, hay gente que apoya el modo y manera en que los responsables políticos han gestionado la pandemia. 
Confiando en que los que opinen lo contrario permitan que dé mi parecer al respecto, apuntaré, siquiera, los motivos por los que soy de los que pienso que la gestión ha sido y está siendo horrorosa. 
Falta de previsión
En primer lugar, porque no se actuó a tiempo. Sí, ya sé que lo que voy a decir hará que a algunos les parezca que “ya volvemos con la burra al trigo”, pero es que hay hechos que, por sí mismos, condicionan una actuación. Ese hecho, para mí, fue, en efecto, el 8M, el día de la mujer trabajadora (o de la mujer, sin más). Un Gobierno que ha hecho del género una piedra angular de su mensaje social, no podía suspender la celebración del 8M. Y, cuidado, no diré que en las manifestaciones del 8M ha estado el foco de la propagación de la infección y que tantos o cuantos cientos de personas se contagiaron allí. No lo diré porque, además, probar con una relación de causa a efecto esa afirmación es del todo punto imposible, más en estos momentos. Lo que sí digo es que por culpa de no prohibir esas manifestaciones, tampoco se prohibieron otras muchas concentraciones, espectáculos públicos, eventos deportivos, etc., que durante los días y semanas previos al 8M se siguieron celebrando como si tal cosa; y tampoco se tomaron las medidas preventivas, de distanciamiento social, higiénicas e, incluso, de confinamiento cuando las mismas habrían sido más eficaces, siquiera, para que no hubiéramos llegado, muy probablemente, a los casi 25.000 muertos que ahora tenemos (según las cifras oficiales; me temo que no las reales).
La clave, en lo antedicho, está en demostrar si el Gobierno tenía datos que aventuraban la terrible pandemia que se nos echaba encima. Sobre esa cuestión no me extenderé, si bien creo que son sobradas las informaciones periodísticas que están saliendo y que, en efecto, demuestran que esos datos eran suficientemente conocidos. Ahora bien, sí pondré el acento en dos hechos que, desde mi punto de vista, refuerzan lo referido. Por un lado, que justo el 9M el Gobierno comienza a tomar medidas anti pandemia, medidas que concluyen apenas cinco días después con la declaración del estado de alarma y el confinamiento masivo de la población; por otro lado, las declaraciones de uno de los principales responsables, el doctor Fernando Simón, que, antes del 8M minoraba, cuando no ridiculizaba, el temor a que la pandemia nos azotara como nos ha azotado. Para mí esa transformación del Gobierno en apenas 24 horas y esa forma tan displicente de tratar la situación de uno de los mayores “expertos” en epidemiología del país, me llevan a concluir que, en efecto, el Gobierno sabía lo que pasaba y lo que podía pasar (acepto que quizá no con la gravedad con que se ha desarrollado la pandemia en España), y por ideología e intereses partidistas y políticos, no actuó a tiempo.
Un añadido personal. Mi padre fue internado en el Hospital Infanta Leonor el 8 de marzo por la mañana. Había comenzado a desarrollar síntomas cuatro días antes. Fiebre, tos, cansancio e intolerancia a la comida. Cuando le internaron pude comprobar, personalmente, dos cosas: que el hospital sí tenía un protocolo de actuación frente al coronavirus, hasta el punto que ya habían habilitado una zona de Urgencias para aislar a los enfermos que pudieran ser susceptibles de tener la enfermedad del COVID-19; y que las Urgencias empezaban ya a estar desbordadas y llenas de gente, hasta el extremo, por ejemplo, que los muchos geles higiénicos que habían puesto en la sala de espera ya estaban agotados. ¿Qué aporta esta pequeña experiencia personal? Que a fecha del 8M por supuesto que se sabía que la pandemia estaba encima de nosotros y que ya acumulaba enfermos absorbiendo el devenir normal de las urgencias hospitalarias. Mi padre, por cierto, positivo en COVID-19, estuvo 21 días internado (aunque fue trasladado a los pocos días de ingresar a otro hospital porque en el que estaba comenzaba a colapsarse) y, gracias a Dios, se ha recuperado.
Un confinamiento desaprovechado
En segundo lugar, porque durante el confinamiento no se ha actuado diligentemente. Una vez que tienes la tormenta frente a tu casa es difícil actuar con serenidad y calma, pues la lluvia, los vientos huracanados, los truenos, etc., te impiden adoptar decisiones serenas y meditadas. Así, cuando ya era demasiado tarde, y las UCI’s se atestaban de gente, y los hospitales colapsaban, las decisiones que iba adoptando el Gobierno eran ineficaces, casi ab initio. Han sido públicas y notorias las contradicciones, casi diarias, protagonizadas por el Gobierno, adoptando medidas y tomando decisiones que, apenas horas después eran modificadas por otras, en no pocas ocasiones, completamente distintas. Y esto, desde mi punto de vista, es absolutamente normal cuando estás inmerso en una vorágine que te lleva a decidir sobre la marcha, porque los muertos y contagiados caen sobre ti como una losa... y permanentemente, cada minuto. 
Pero esta forma de actuar completamente errática ha tenido su culmen en las decisiones de compras de material sanitario que ha protagonizado el Gobierno. Es importante en este punto significar que, con el estado de alarma, el Gobierno decidió asumir la responsabilidad sobre todas las compras de productos de primera necesidad y, en especial, de cuanto se refiriera a material sanitario. Y digo que esto es importante porque, desde algunos foros, se pretende diluir (de nuevo el aceite en la bañera) la responsabilidad del Gobierno extendiéndola a los gobiernos autonómicos. Desde luego no seré yo quien reste o elimine la responsabilidad de los gobiernos autonómicos pues, al fin y al cabo, tienen conferidas las competencias en materia de sanidad; y dichas responsabilidades también les deberán ser exigidas por no haber adoptado, quienes no lo hayan hecho, las medidas preventivas en las semanas previas al 8M y, desde luego, al momento en que se declaró el estado de alarma. Pero no se puede predicar dicha responsabilidad a los gobiernos autonómicos por no comprar material sanitario de calidad y en tiempo oportuno, pues esa facultad, insisto, fue asumida por el Gobierno.
Quizá pueda sonar a demagógico, pero ¿cuántos médicos, enfermeros, enfermeras, celadores, etc., que han perdido la vida en estas semanas, pudieran haberse salvado si hubieran tenido los instrumentos sanitarios de prevención a tiempo? Desde luego que si yo fuera familiar de uno solo de esos fallecidos ya ardería en cólera por sólo un muerto. Pues bien, no ha sido sólo uno el fallecido sino muchos sanitarios los que han perdido la vida porque su contacto permanente con infectados y su falta de medios de prevención les han situado ante un riesgo desmedido y del que también habrán que responder los que ahí les situaron. Sin embargo, también es público y notorio que esos instrumentos de prevención y protección han llegado, cuando han llegado, muy tarde, demasiado tarde. Aún hoy se ve en el contexto europeo cómo otros gobiernos están sometiendo a todos sus habitantes a cientos de miles de test para detectar el contagio o los niveles serológicos, mientras que en España no se está actuando de la misma manera; de hecho, se está impidiendo que se acuda a entidades privadas que realizan esos test. Y esto no es ficción, pues el ministro de sanidad ha dicho que “no se podrá realizar el test a toda la población” (y añado yo, que a un altísimo porcentaje de la población).
Otra aportación personal. Yo también he enfermado de COVID-19. Mis primeros síntomas los tuve el 26 de marzo y pasé 18 días con fiebre. Entre el día quinto y el décimo tuve problemas respiratorios y, si no fui al hospital fue por la recomendación de un amigo íntimo, médico, que me monitorizaba a diario y que pensaba que mientras pudiera aguantar en casa era mejor que exponerme a la tremenda carga viral que podía coger allí. Pues bien, tras muchos días de un cansancio extremo, de sentir repugnancia por la comida, de fiebre, de tos, de problemas respiratorios... sólo hablé con mi médico de cabecera de la Seguridad Social en dos ocasiones, y porque yo le llamé: una cuando tuve los primeros síntomas y otra siete días después. Cada vez que hablábamos, la conversación concluía con que me llamaría la enfermera para ver cómo evolucionaba: a día de hoy estoy esperando su primera llamada. Pero siendo esto destacable del modo y manera que se ha gestionado la crisis, lo más relevante es que hay muchos enfermos que no han acudido al hospital y que, muy probablemente, no aparezcan en las listas oficiales; y, además, que, pese a lo dicho y a lo que yo, personalmente, he pasado, nunca me han hecho un test, ni una placa y, lo que es peor, nunca me han ofrecido hacerlo, salvo que hubiera ido al hospital, lo que se me desaconsejaba también por el médico de cabecera.
Una desescalada improvisada
En tercer lugar, y unido a lo anterior, porque el confinamiento no se ha aprovechado para diseñar una salida adecuada del mismo que conjugara el cuidado sanitario, con el impulso a la actividad económica. Llevamos desde el 15 de marzo confinados, esto es, mes y medio, y hace apenas dos días hemos conocido el “plan de desescalada”, el cuál no ha dejado contentos a muchos. Soy de los que piensan que diseñar este plan es sumamente complicado; pero también creo que el que se ha diseñado ha partido del miedo del Gobierno a que la situación que se ha vivido se reproduzca. Y es que una prueba más de la irresponsabilidad de quienes integran el Gobierno ha estado en, primero, negar el problema o minimizarlo y, ahora, aterrorizarse porque la salida de la gente a la calle vuelva a llenar los hospitales de enfermos. Sí, esta actitud es tanto más irresponsable, cuanto demuestra que nunca se ha actuado con criterio, sentido común y equilibrio en las decisiones. 
Buena prueba de cuanto digo es la respuesta de la vicepresidenta (¡vicepresidenta del Gobierno!), Teresa Ribero, a las quejas del sector hostelero. Que la respuesta al dilema de abrir un restaurante o un bar incrementando los costes laborales, de suministros, de proveedores, etc., más lo que cueste adaptar el local para garantizar las medidas preventivas, con el límite de ingresos que dará tener un aforo del 30% o del 50%, sea que, a quien no le convenza que no abra, es prueba manifiesta de que quien ha elaborado el plan de desescalada, ni ha utilizado el sentido común ni ha pensado en equilibrar todos los intereses en juego. 
Pero lo peor del abismo que se nos abre con la desescalada programada es que transmite que se ha pensado a partir de la urgencia por ser el último país que la ha publicado, si lo comparamos con los demás países de nuestro marco europeo. Todo transmite precipitación, improvisación, cual se transmitió cuando se permitió, durante 24 horas, llevar a los niños a uno de los mayores focos de contagio: los supermercados. Desde luego que habrá que ver cómo transcurren los días y se ejecuta el plan por los ciudadanos; y, más aún, cómo lo interpreta la policía, pues al haberles atribuido la facultad de “juzgar” los comportamientos in situ a la hora de sancionar, veremos cómo lo hacen cuando hayan de evaluar si un bar o restaurante, por ejemplo, está cumpliendo o no el plan de desescalada.
La crisis económica que se cierne ya sobre nuestras cabezas va a ser de extraordinaria gravedad. Muchas empresas y autónomos van a ver cómo sus actividades desaparecen (y con ellas miles de puestos de trabajo), pues el incremento de costes no va a ir parejo al de los ingresos. Es cierto que el Gobierno ha adoptado algunas medidas económicas, financieras y jurídicas tendentes a favorecer que las empresas puedan sobrevivir; pero todas esas medidas, en gran parte, no son sino modos de alejar en el tiempo la sima llena de empresas quebradas que se nos avecina. No están tanto pensadas en favorecer la supervivencia de las empresas, cuanto en que su ruina no se agolpe en las cabeceras de los telediarios, como se agolpaban los contagiados y los muertos en las urgencias. Véase un ejemplo. ¿De qué sirve que se modifique la Ley Concursal para eliminar la obligación de concursar hasta el 31 de diciembre, y propugnar e incentivar la negociación con los acreedores, si estos acreedores, en no poca medida, también tendrán los propios y no tendrán margen para rebajar sus exigencias con aquél deudor con el que negocien? Negociación es una palabra tan vacía como lo fue en su tiempo la palabra talante; pero, también como lo fue aquella, deslumbra cuando se pronuncia con aparente convicción. ¿Y de qué sirven las líneas de avales a través del ICO si no pocos bancos están financiando como ayuda a la deuda ya adquirida por los empresarios, sin darles margen para una nueva y sustancial liquidez? Será pan para hoy (y escaso) y hambre para mañana, cuando tengan que devolver lo ahora prestado. Para eso, desde luego, mucho mejor el camino de un concurso de acreedores ahora, que elimine el problema sin responsabilidades para los administradores de la empresa y pensando en que las inversiones que se tengan que hacer para seguir viviendo se destinen a nuevos proyectos sin lastre.
Derechos fundamentales dañados
Y en cuarto lugar (por poner coto a esta relación de motivos de una gestión horrorosa de esta crisis), porque se ha aprovechado el estado de alarma para “jugar” con los derechos fundamentales que ampara nuestra Constitución. Yo aquí, de momento, tampoco haré demasiado hincapié, pues quizá esos derechos fundamentales están ahora en un segundo plano de prioridad para la gente, que lo que quiere es saber cómo y de qué va a vivir en los próximos meses. Pero no por ello he de dejar pasar esta reflexión de lo que pienso sobre lo que ha acaecido y sucede aún, para poner de manifiesto mi profundo temor ante la deriva autoritaria que ha rezumado la gestión del Gobierno.
¿Es el estado de alarma el adecuado para mantener a todo un país confinado durante mes y medio ya, y otros dos meses más si atendemos al plan de desescalada (en mayor o menor medida), cuando vemos, además, que no se ha aprovechado para solucionar los problemas sanitarios y avanzar medidas eficaces para la supervivencia económica? Porque, no lo olvidemos, los problemas sanitarios se han ido mejorando por el transcurso del tiempo, el sacrificio y sapiencia de todo el personal sanitario, y la responsabilidad de la mayoría de la gente que, con dudas o sin ellas, han aceptado permanecer en sus casas.
No es mi intención disertar aquí sobre el estado de alarma, pero la diferencia entre el estado de alarma y el de excepción está en que el primero “limita” ciertos derechos fundamentales como, por ejemplo, el de movilidad, y por un período de tiempo concreto, mientras que el segundo “suspende” esos derechos fundamentales y por más tiempo, aunque también concreto. ¿Ha sido -es- el estado de alarma el marco adecuado para “suspender” de facto los derechos fundamentales sobre los que se ha extendido y, en especial, el de movilidad? No lo parece y, menos aún, cuando esa “suspensión” se está extendiendo en el tiempo hasta el punto de que, hoy en día, nadie puede ponerle fecha cierta a que tal “suspensión” finalice. Pero más aún el estado de alarma se ha utilizado equivocadamente (cuando no espuriamente), si comprobamos que otros derechos también se han visto “afectados” durante este período. Así ha sido el caso del derecho a la libertad de opinión y expresión, cuyo ejemplo más paradigmático se produjo con la confesión del general de la Guardia Civil, teniente coronel Santiago, quien (así lo creo yo) confesó las instrucciones u órdenes recibidas del Gobierno de prevenir las críticas a dicho órgano en las distintas redes sociales. Tal es así que lo que dijo lo tomo como una confesión, que días después, y tras salir a la luz distintos documentos que así lo apoyaban, los mismos fueron retirados, y las órdenes e instrucciones que contenían revocadas por los mismos que las habían adoptado.
Sólo nos resta esperar
A partir de lo expuesto, que no es más que una reflexión personal fruto de la experiencia propia y de lo leído y escuchado en multitud de medios de comunicación durante estos días, sólo nos queda esperar.
Esperar a que el problema sanitario se acote lo suficiente como para que los hospitales vuelvan a recuperar el tono muscular suficiente con el que seguir poder atendiendo, ya con más calma y tranquilidad, a los nuevos contagiados que, sin duda, seguirán llegando, si bien -eso esperamos todos- en menor medida. Hasta el 15 de marzo convivíamos con muchos otros virus y desde que termine la desescalada seguiremos conviviendo con ellos. La enfermedad del COVID-19 se sumará a los riesgos vitales y hemos de acostumbrarnos a ella. Lo que hay que procurar, repito, es que los hospitales puedan atendernos, cuando enfermemos, con las mayores garantías posibles.
Esperar a que las acciones judiciales que se han interpuesto y se interpondrán contra las personas concretas integrantes del Gobierno y de su alta administración tengan sus sentencias oportunas para, a partir de ellas, evaluar si la opinión de los jueces es coincidente o no con las dudas que, unos y otros, tenemos legítimamente en nuestras cabezas; y subrayo que la opinión de los jueces, adoptada tras el desarrollo de un proceso judicial con las máximas garantías y enmarcado en un Estado de Derecho, y no tanto la Justicia que, me temo, en el mundo de los hombres ha sido, es y será toda una quimera. 
Esperar a ver cómo las empresas, los autónomos y los trabajadores logran o no sobrevivir a la crisis económica que ya nos azota, y si las medidas tributarias, financieras y jurídicas implementadas son realmente eficaces a tal fin, o meras decisiones cosméticas para atrasar el problema u ocultarlo bajo la alfombra de la indiferencia.
Esperar que esa rebautizada “nueva normalidad” (personalmente me da pánico esa nomenclatura, más propia de quien ansía un cambio de régimen, que de quien busca “recuperar” la normalidad de siempre, de toda la vida) llegue pronto y nos permita recuperarnos de las heridas, físicas, económicas y psicológicas, que nos laceran.
Esperar que todo el dolor pasado, todo el daño producido, nos haya enseñado lo suficiente como para ansiar ser mejores seres humanos, más conscientes de que somos, a un mismo tiempo, criaturas excelsas y de barro de botijo, capaces de mandar hombres a la Luna y de fenecer por miles ante un virus sólo perceptible con un microscopio. Si toda esta cruz vivida no nos sirve para ensanchar el alma, habremos perdido una oportunidad de las que muy pocas veces se nos presentan en la vida. 
Durante los días que pasé enfermo y, sobre todo, aquellos que sufrí y temí que la enfermedad derivara hacia extremos graves, mi fortaleza me vino de mi esposa, a quien nunca agradecerá suficiente lo que hizo por mí, el amor que me transmitió y la confianza que me dio en que todo iría bien; y con ella de mi amigo y médico, Luis Miguel Benito, sin cuya ayuda y paciencia no habría encontrado el camino a la recuperación. Pero también encontré la ayuda de Dios y de la Virgen, a quienes rogaba la fortaleza que no tenía y a quienes suplicaba mi curación y la de tantos otros que sufrían como yo. Ahora que lo peor ha pasado, les pido que me ayuden a perdonar y comprender, sin renunciar a buscar justicia, y a que mi alma ansíe, como decía aquel santo, ser otro Cristo, el mismo Cristo, que perdonó y amó a todos sus hermanos los hombres aun sufriendo, por su causa, todo el dolor y el daño que el mal provoca.



sábado, 7 de octubre de 2017

Una breve historia de la mentira catalana

Mi amigo Quico es un pozo de sabiduría. Tiene la historia entera encerrada entre las cuatro paredes de su cerebro y la cuenta con una sencillez y claridad que te embulle en el misterio cual la mejor novela policíaca. Ayer, sin ir más lejos, me estuvo hablando de la historia del pueblo catalán y, en concreto, del origen y la motivación que les lleva a querer ser independientes de vez en cuando. Cuando terminé de escucharle me vino a la cabeza la idea de escribir estas líneas, con la única intención de que los que las lean experimenten lo que yo ayer mientras atendía a Quico: tener una idea clara y simple del porqué real del independentismo catalán y poder saber qué se esconde tras la mentira que sus líderes nos cuentan reiteradamente. Conste, eso sí, que no habrá en estas líneas ánimo alguno de erudición, o precisión histórica respecto a fechas o datos, pues simplemente pretenden trasladar una conversación de amigos a una página en blanco, estando dirigidas, principalmente, a quienes no tienen ni idea de qué hay detrás de toda la reivindicación del catalanismo sedicioso.
Allá por el primer tercio del siglo XV, el reino de Aragón ve cómo crece el de Castilla gracias a su potencia militar y económica. En aquellos tiempos lo normal no era negociar, aliarse, establecer “puentes”... sino que cuando alguien quería algo de otro lanzaba sus tropas y lo asía. Esa, desde luego, era la intención de Aragón respecto de Castilla, pero era una intención vana pues el reino de Aragón no tenía recursos suficientes para iniciar y sostener ese camino. Es así que, en este contexto, el condado de Barcelona, junto con el resto de condados catalanes, integrados en la Corona de Aragón, se constituyen en una especie de organización o instrumento de financiación de su Corona, al objeto de procurarle recursos para guerrear contra Castilla. Este instrumento recibe el nombre de Generalitat.
Sin embargo, avanzando el siglo XV Aragón y Castilla se unen, no por la fuerza de las armas, sino por la fuerza del “amor” pues el Rey de Aragón, Fernando, y la de Castilla, Isabel, se casan. Anexionados los dos reinos, lógicamente, Aragón ya no precisa los recursos para la guerra que necesitaba antes y la Generalitat ve cómo va perdiendo poder e influencia, eso sí siempre dentro de la Corona de Aragón.
Dando un salto en el tiempo nos vamos a mediados del siglo XVII. Como quiera que estas líneas tienen la pretensión que tienen y que antes advertí no profundizaremos en este convulso siglo, aunque sí advertiremos que en estos años se estaba desarrollando en Europa la guerra de los treinta años, contexto bélico que trajo como deriva particular la famosa rebelión de los segadores catalanes (de ahí el himno independentista catalán El Segadors), rebelión no de Cataluña frente a España sino de catalanes frente a catalanes y de ciudadanos frente a los poderes que les exigían impuestos y tasas que consideraban brutales. Pero, repito, eso es otra historia y no profundizaremos en ella: baste este mero apunte.
El caso es que en estos años descritos del siglo XVII reina en España Felipe IV, al que sucede en el reino su hijo Carlos II que nace con claras taras físicas y mentales que le llevan a recibir el sobrenombre del Hechizado. Siendo su condición inadecuada para el gobierno ni para sostener un reino como el de España, cuando cumple la mayoría de edad en 1675 es “convencido” por unos y otros de que lo mejor que puede hacer es nombrar heredero a una persona que pueda garantizar lo que él no garantiza ni garantizará. Y el “elegido” fue Felipe de Anjou, quien a la muerte de Carlos II en 1700 reinaría en España como Felipe V. Es importante subrayar que Felipe V sería el primer rey Borbón en España.
Con el ánimo puesto en congraciarse con su nuevo pueblo es aconsejado por su “equipo” para que realice actos o concesiones que le acerquen a las gentes. En esa recomendación hay que entender porqué en esa época del tiempo Felipe V concede a Cataluña su primer estatuto, cuya comparación con el que tienen ahora no sólo es vana sino ridícula.
Sin embargo, Cataluña, genéticamente desleal, decide devolver la concesión con la traición a Felipe V poniéndose del lado del pretendiente de la Corona de España, el archiduque Carlos de Austria. Y es que ésta sí es la cuestión esencial que hay que tener muy presente: el conflicto entre los borbones y los austrias que se despliega por toda Europa y que tiene en España un foco importante. Es paradójico pero esencial conocer que Cataluña lo que defiende es el derecho del archiduque Carlos de Austria a ser rey de España, es decir, conocer que lo que Cataluña defiende no es su independencia sino a la Corona de España.
En ese contexto en el que Cataluña apoya al bando de los austrias frente a los borbones en esta guerra por la sucesión del trono de España, permite el paso de las tropas inglesas por su territorio, que vienen a apoyar al archiduque frente a los franceses borbones. Esta circunstancia provoca que los ingleses acaben asentándose en Cataluña, controlándola de facto.
Este contexto bélico en Europa y España concluye con la firma del Tratado de Utrech donde, entre otras cosas, el archiduque de Austria renuncia a sus pretensiones por el trono de España y se queda en Bruselas, y España entrega a los ingleses Gibraltar a cambio de que abandonen el control en Cataluña.
Es entonces, cuando los ingleses salen de Cataluña, cuando Felipe V manda a las tropas a dicha tierra para recuperar el control de la misma, sin olvidar que llega a tierra española pero de traición. Es el año 1714, el año que adoptan los independentistas para celebrar un acontecimiento que nada tiene que ver con dicha independencia. Los sucesos trágicos de Barcelona en ese año devienen de, repito, una toma del control de una tierra que durante los últimos años había traicionado al que ahora era el legítimo monarca español por haber apoyado al que había acabado por renunciar a esa pretensión.
Volvamos a dar un salto en el tiempo y lleguemos hasta 1931 y a la instauración de la Segunda República. Animado por dicho momento histórico el presidente de la Generalitat, Masiá, sale al balcón de la presidencia y declara la República Catalana. El presidente de la República española, Alcalá Zamora, le insta a deponer su actitud a cambio de concederles mayores competencias en su estatuto de autonomía. Masiá desiste de su actitud.
Tres años después, en 1934, la Generalitat quiere dictar la ley de contratos de cultivos que va contra la Constitución española. Como la República le insta a retirarla, Companys, ahora presidente de esa Generalitat, vuelve a declarar la República Catalana. El presidente de la española manda las tropas a Cataluña y arrestan a Companys.
Companys está en la cárcel hasta 1936 cuando, con la victoria en las elecciones del Frente Popular, sale libre por la amnistía proclamada. Sin embargo, poco después comienza la Guerra Civil en España y Companys huye a París, donde vivirá hasta que sea arrestado y deportado a España por “generosidad” de Hitler y ante la petición de Franco. Al llegar, es fusilado.
Hasta aquí el repaso histórico. ¿Cuándo ha sido Cataluña independiente de España? Nunca. Es más, sus pretensiones históricas siempre han buscado ayudar a los reyes de España, los legítimos o los que ellos consideraban legítimos. Y la declaración de independencia, cuando se ha utilizado, ha sido como instrumento o arma arrojadiza para conseguir prebendas, beneficios y privilegios, tal como ahora vuelve a suceder. Sólo hay una diferencia entre este momento y el pasado histórico: antes quienes gobernaban en España tenían claro que la solución pasaba por intervenir en Cataluña e, incluso, mandar allí los ejércitos y arrestar a los líderes catalanistas sediciosos. Ahora, sin embargo, en España gobierna Mariano Rajoy Brey, garantía plena de inoperancia e irresponsabilidad frente a sus obligaciones como máximo dirigente del gobierno español. Por esto Junqueras y Puigdemont danzan y cantan El Segadors con inusitado entusiasmo. Sea.

viernes, 6 de octubre de 2017

La LFP no echaría al Barça: se irían ellos solitos

Ha planteado hoy Javier Tebas, Presidente de la Liga de Fútbol Profesional de España, que tendría que estudiar jurídicamente qué ocurriría con los equipos catalanes si, finalmente, Cataluña proclama su independencia. Y es que, en efecto, jurídicamente tiene su interés. Trataré ahora de dar mi interpretación al respecto.
Es bien cierto que una de las claves del problema está en el Real Decreto 1835/1991, de 20 de diciembre, sobre Federaciones Deportivas Españolas y Registro de Asociaciones Deportivas y, específicamente, en su artículo 6.1 que dice: “Para la participación de sus miembros en actividades o competiciones deportivas oficiales de ámbito estatal o internacional, las Federaciones deportivas de ámbito autonómico deberán integrarse en las Federaciones deportivas españolas correspondientes.” La redacción del precepto es clara y no precisa mayor explicación que afirmar que cualquier club de fútbol (en el caso específico que aquí vamos a tratar) que esté integrado en una federación autonómica necesitará, para participar en competiciones oficiales españolas o internacionales, estar integrado en una federación autonómica que, a su vez, esté integrada en la federación deportiva española que corresponda, esto es, y en el caso que nos ocupa, en la Federación Española de Fútbol.
Repito que lo antedicho es una clave jurídica clara y evidente, lo que implica que la Federación Catalana de Fútbol deberá estar integrada en la Federación Española de Fútbol para que los clubes que están integrados en ella puedan participar en competiciones oficiales de fútbol. Y dicha integración implica, lógicamente, el acogimiento y sometimiento a la normativa española que regula la Federación Española de Fútbol.
Ahora bien, ¿qué sucedería si se proclama la independencia de Cataluña? Pues lo primero que hay que subrayar es que nos encontraríamos ante una dualidad, más que normativa, de legitimidad legislativa. Por un lado, nos encontraríamos con que, al no reconocer el estado español la independencia de Cataluña, España seguiría entendiendo que su normativa jurídica es de aplicación en Cataluña y, por tanto, vincula a quienes allí se encuentren. Por otro lado, Cataluña, que ha declarado su independencia, entendería, en consecuencia, que la normativa jurídica española no sería de aplicación en su territorio y, por tanto, que sus nuevos “nacionales”, personas físicas o jurídicas, no se verían compelidos ni obligados por la ley española.
Claro, ante esta situación, podríamos encontrarnos con que, por ejemplo, el Fútbol Club Barcelona pudiera servirse de la antedicha dualidad legislativa para impedir que el estado español le negara su condición de entidad deportiva sometida a la regulación deportiva española que, insistimos, desde España se entendería de aplicación en Cataluña; y, al mismo tiempo, que al nuevo estado “catalán” le jurara amor y lealtad eterna. De este modo, y como suele ser norma de conducta en el Barça, estaría al plato y a las tajadas, beneficiándose de ambas legitimidades legislativas en función de su interés. ¿Sería esto posible? Desde luego que, jurídicamente hablando, podría producirse esta situación.
En Derecho existe lo que llamamos “el enriquecimiento sin causa o ilegítimo” que, mutatis mutandi, podríamos aplicar a la realidad descrita en el párrafo anterior. Y es que el Barça -en el ejemplo que estamos utilizando- se beneficiaría de la legislación española sin causa porque, de facto, la legislación a la que estaría sometido y habría jurado fidelidad sería la catalana. Dicho enriquecimiento sin causa es sancionado en el ordenamiento jurídico español reconduciéndolo, desde la lógica, hacia la devolución, por parte del que se ha beneficiado ilegítimamente, del fruto del beneficio.
¿Cómo, por tanto, se podría solucionar esta situación? Preventivamente. Y la clave la ha dado el propio Javier Tebas al decir que, declarada la independencia catalana, citaría inmediatamente a la Federación Catalana de Fútbol. ¿Para qué? Para hacerles una pregunta muy sencilla: ¿a qué legislación le da legitimidad, a la española o a la catalana? Si la respuesta es que a la española, implicará renegar del proceso independentista catalán y, por tanto, que España les pueda seguir considerando sujeto pasivo sobre el que aplicar la legislación española. Si, por el contrario, respondiera que a la catalana, la legislación española no le sería de aplicación, y no porque España reconociera el proceso independentista catalán sino porque, sencillamente, la Federación Catalana de Fútbol no reconocería la legislación española. Y, así, al no reconocer la Federación Catalana de Fútbol la legislación deportiva de España, el Barça, de seguir integrado en dicha Federación, tomaría de facto la decisión de abandonar las competiciones oficiales en las que se integra por obra y gracia de que se lo permite la legislación española. Es por ello que se puede concluir que, en tal caso, sería el Barça quien decidiera abandonar la Liga y no la Liga la que obligara al Barça a marcharse.

viernes, 29 de septiembre de 2017

A Dios lo que es del César, y al César lo que es de Dios

Tuiteé ayer que, atendiendo la recomendación de un gran santo de la Iglesia católica, si no puedes hablar bien de alguien, cállate, y continúe diciendo que, en efecto, me callaría. Es por ello que, al menos en mi intención, estas líneas no se presentan como una crítica a nadie, si bien sí quieren defender el derecho a pensar que lo que algunos están haciendo y diciendo es un mal en sí mismo que, lo que es peor, puede traer males mucho mayores en muchas personas, esto es, en muchas almas.
Ayer leí que el obispo de Solsona ha dicho públicamente que el domingo próximo votará en el referendum ilegal que han convocado las ex-autoridades catalanas. Anteayer la Conferencia Episcopal emitió un comunicado conjunto y aprobado unánimemente en el que apostaba, al mismo tiempo, por el respeto a la legalidad y al derecho de los "pueblos de España". Hoy escucho en la radio que en una iglesia de, creo, un barrio bien de Barcelona, el altar está presidido por una estelada. Estos son hechos, no opiniones, y por tanto no pueden ofender a nadie.
Los cristianos y, en concreto, los católicos, llamamos a Cristo Rey porque lo es. Pero el mismo Jesús, a las puertas de la muerte, con golpes en el rostro, salivazos por doquier y el pueblo "fiel" en contra, le dijo a Pilatos que su Reino no era de este mundo, y que si fuera de este mundo le bastaría con mandar venir a legiones de ángeles que le salvarían de tamaña muerte infame. Es más, días antes, al entrar en Jerusalén aclamado por los mismos que ahora le deseaban la cruz, entró sentado en un burro y no en caballos o elefantes, vestido con su túnica y no con ropajes excelsos, y escoltado por pobres pescadores ignorantes y no por soldados egregios. Ya antes, en los años que se manifestó públicamente, tuvo que sortear las trampas que los publicanos y fariseos le tendían como aquélla en la que le dijeron si habían de pagarse los tributos al emperador de Roma o no. Todo el mundo conoce la sencilla y contundente respuesta de Jesús: "Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César." Y es que Cristo decepcionó, sobre todo, a aquellos que esperaban ver en él al "libertador", al mesías en minúscula que les salvara de la opresión del pueblo romano invasor y les hiciera libres, autónomos e independientes de cualquier poder terrenal que no fuera el emanado de sus costumbres ancestrales, nacidas en la fuente de Siquem.
Sin embargo, Jesús no era eso que muchos deseaban. Y no sólo no lo era sino que expresamente lo negaba. "¿Quién decís vosotros que Soy Yo?" le preguntó a sus apóstoles. "Tú eres el Hijo de Dios", saltó San Pedro, quien más allá de engarzar anzuelos y remedar redes, no era capaz de hilvanar dos ideas, siquiera, de mediana complejidad. "Esto te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos", le contestó Jesús, afirmando, de nuevo y solemnemente, que no buscaran en Él a ningún líder popular, sino que miraran a lo Alto y le buscaran en sus almas. Por no ser eso, un líder, un libertador, muchos en su tiempo le volvieron la espalda y clamaron ante el litóstroto aquello de "suelta a Barrabás".
Ahora Jesús no está. Bueno, no se me malinterprete: sí está, claro que está, no sólo en la soledad del sagrario de cualquier iglesia, sino en derredor de cualquiera de nosotros, dispuesto a cogernos de la mano y hacernos más liviana y fácil esta vida dura e ingrata que tantas veces tenemos que transitar. Pero, en todo caso, no está en carne palpable, donde meter la mano, cual Santo Tomás redivivo, en sus llagas lacerantes. En su lugar, y porque Él lo dispuso así, tenemos papas y obispos, sus representantes en la Tierra, otros Cristos andantes, "el dulce Cristo en la Tierra" cual llamaría Santa Catalina de Siena al Papa, fuera el que fuera. Y estos representantes de Jesús son, han de ser, han sido, serán, alter Christus, ipse Christus, y, por tanto, pastores que sólo busquen cómo orientar a su rebaño hacia el aprisco celestial, conscientes de que tampoco son líderes de masas, ni libertadores de pueblos oprimidos por poderes extraños. De hecho, no creo que sea inadecuado decir que si aquél que representa a Cristo se irrogara la condición de líder popular o libertador estaría ascendiendo las nudosas ramas del árbol de la ciencia del bien y del mal, en pro de la manzana del oprobio y la condenación.
Este Buen Pastor que es Jesús acoge a todos por igual, porque no ve en ellos distinción alguna ya que cuando mira a sus ovejas no ve la claridad y el color de sus ojos, sino que penetra hasta lo más recóndito de sus almas y lo que ve es lo que ve en todas: deseos, miseria, miedos, buenas intenciones, cobardía... Este Buen Pastor que es Jesús convirtió la vida de una buena mujer samaritana mientras hablaba con ella alrededor de un pozo de agua fresca, cuando un judío y una samaritana era un fresco imposible de pintar en aquella época. A Jesús eso le daba igual: era una oveja de su redil, sin apellidos, sin genealogía. Jesús no dividía porque entre las almas no existe división: todas están hechas del mismo material.
¿Hay algo de subjetivismo en los párrafos anteriores, vistos desde la perspectiva de lo que el Antiguo y Nuevo Testamento, y el catecismo de la Iglesia católica nos enseñan? Creo que se puede decir sin temor a errar que no existe subjetivismo alguno, sino que todo es ortodoxo y cierto. Pues bien, si ello es así, ¿es el obispo de Solsona alter Christus, ipse Christus? ¿Es la Conferencia Episcopal, con la nota emitida anteayer, un ejemplo de representación auténtica de Jesús, Rey de otro mundo eterno y majestuoso? Si tuviéramos que ponernos en la piel de un católico catalán no independentista, ¿cómo habría de secundar las indicaciones de su obispo, sobre todo si es el de Solsona, llamando a la comprensión, al respeto por los demás, si ve cómo su pastor hace ostentación de incumplir la norma básica de convivencia jurídica y legal, sin importarle enfrentar una parte de su rebaño con la otra? Más parece que el obispo de Solsona, y los demás que quieran emularle, lo que pretenden es ser "líderes populares", "libertadores" de su pueblo, oprimido durante siglos por el poder invasor de un estado español iracundo, analfabeto y brutal, que denigra y maltrata sin piedad. Más parece que quieren darle a Dios lo que es del César, y al César lo que es de Dios.
No se puede ser equidistante siempre y en todo lugar. Y la Iglesia menos que nadie. La diplomacia vaticana no puede siempre entenderse por el lado malo de la cobardía y el interés, porque no es eso, aunque tantas veces lo parezca. Hace treinta y nueve años un 87% del pueblo catalán votó "su" Constitución, esto es, "nuestra" Constitución, la española. ¡Un 87%! Y la votaron con la, se supone, firme resolución de respetarla y hacerla valer porque no era sino el instrumento supremo de convivencia entre personas, territorios, culturas, distintas y a la vez semejantes por nacer de un mismo origen ancestral, tan ancestral que convierte a España en la nación más antigua de occidente. Y en esa norma que votaron los catalanes hace ya tantos años se contempla el procedimiento para, si fuera el caso, reformarla, porque como norma dada por los hombres claro que puede ser corregida, mejorada, pero siempre desde el respeto a la misma norma que prevé como ser cambiada y a la aceptación mayoritaria de aquellos para quien ha sido creada, mayoría que, simplemente con el sentido común en la mano, no puede ser del cincuenta y uno por ciento, sino que ha de ser lo suficientemente sólida como para que pueda decirse que todo un pueblo acepta su modificación. Contravenir esto, prescindir de la norma aceptada, crear una legalidad ilegal paralela, es, además de un flagrante delito que ha de tener consecuencias penales, una forma de escupir por enésima vez al Cristo lacerante, Rey de otro mundo, diciéndole que, por no ser nuestro libertador, merece lo que le pasa, sobre todo si esa ilegalidad la comete quien ha entregado su vida, se supone, a unir al rebaño que Jesús confió y no a dividirlo.
No se puede servir a dos señores. No se puede estar con la legalidad y con la ilegalidad. No se puede defender un derecho inexistente de los pueblos de España y pretender que se respete el estado de Derecho. No se puede proteger a las ovejas que atienden mi silbo y despeñar o dejar fuera del aprisco a las que no entienden el silbo. Menos mal que Jesús sigue a nuestro alrededor, aunque no lo veamos, y no permitirá que su Iglesia caiga ni se deje arrastrar por aquellos que hubieran querido vestirse con ropajes excelsos, púrpuras, damascos, esmeraldas y, montados en caballos lipizanos, al son de trompetas y rodeados de ejércitos, entrar en Jerusalén para conquistar la salvación de un pueblo y no la Salvación de las gentes. Dios nos asista.

miércoles, 1 de marzo de 2017

En el parchís cuando comes cuentas veinte

He de reconocer que la polémica suscita en mí unas emociones sólo comparables a las que deben bullirle al chon cuando ve la comida en medio de un lodazal donde retozará la digestión. Quizá la comparación no sea muy acertada, pero sin duda resulta eficaz. Y es que, considerando lo dicho, no podía pasar por alto la que se ha montado con un autobús naranja que circulaba por Madrid estos días atrás, fletado por la asociación Hazte Oír, y en cuyos latelares se podía leer: "Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo."
Vaya por delante que ni soy de la asociación Hazte Oír, ni sabía que existía hasta que ha explotado esta polémica, ni participo de muchos de sus planteamientos y formas, ni comparto con tanta -dese mi punto de vista- simpleza lo que proclama el autobús. Y matizo lo de con tanta simpleza porque no es fácil discrepar de que al niño le cuelga lo que le cuelga y la niña tiene lo que tiene, pero sí del hecho de que al niño o a la niña le bulla por dentro y entre sus sentimientos identidades dispares con su anatomía. No entraré en estas líneas a debatir sobre esta cuestión (para otra vez será), pero sí he de dejar asentado que a mí lo que me importan son las personas, cada una, siempre que sean honradas consigo mismas y no hagan de todo esto un show o una plataforma de reivindicación. Decía el Papa Francisco hace no tanto que quién era él para juzgar a un homosexual. Pues bien, ¿quiénes somos nosotros para juzgar lo que una persona puede sentir o cómo puede sentirse? Doctores tiene la Iglesia, desde luego, pero el drama interior de una persona que se ve distinta a lo que su cuerpo demuestra es cuestión seria a la que, independientemente de la opinión de cada uno, hay que llegar con respeto máximo.
Dicho lo dicho, lo que sí me parece mollar en la que se ha organizado, es el lío que me han montado con el parchís. Y es que, según deduzco de lo que está pasando, no podré volver a jugar al parchís. A mí me enseñaron que cuando comes una ficha cuentas veinte y que si metes ficha en la meta final cuentas diez. Pero esto, a partir de ahora, lo mismo no es así porque dependerá de con quién juegue o a quién le pida que haga de árbitro de la contienda parchisística que quiera afrontar.¿Por qué vamos a contar veinte al comer? ¿Y si contamos diez al comer y veinte al llegar? O mejor aún, ¿por qué no contamos diez al comer a partir de mitad de partida, cuando al que vaya perdiendo le interese? O mejor aún todavía, ¿por qué no cuento lo que me dé la gana cuando me dé la gana? ¡Qué lío! ¡Qué desgracia como alguien no lo arregle!
La democracia es (aquí viene lo bueno: cada uno se puede permitir el lujo de definir la democracia como le salga del bolo), sobre todo, reglas. Siendo más puristas, estado de derecho. ¿Por qué no puede haber democracia en, qué se yo, Yemen? Porque no hay estado de derecho. O, por mejor decir, porque el estado de derecho que hay es el que mejor le conviene al líder supremo en cada momento. Eso sí, la democracia son reglas asentadas de antemano y que no se van a alterar en mitad del partido en función de a quién le convenga. Esto hace que, lógicamente, si dos personas llevan a cabo actos iguales o muy similares, hayan de responder por ellos de forma igual o similar. Como parece evidente, tautológico, me niego a seguir añadiendo frases reiterativas que refuercen lo que se ve de forma clara y nítida.
Ante esta declaración de principios, reflejo de uno de los pilares de la institución democrática, veamos los hechos. Por un lado, véase el camión naranja en cuestión al que antes me he referido. Por otro lado, recordemos una campaña publicitaria que no hace tanto adornó numerosas marquesinas de autobús en el País Vasco y que decía: "Hay niñas con pene y niños con vulva." ¿Qué reflejan ambas situaciones, más allá del contenido? Una determinada idea: en un caso, asentada en principios tradicionales antropológicos; en otro caso, en una nueva concepción de la antropología humana desligada de lo biológico. En cualquier caso, ideas, ambas, respetables per se, aunque puedan ser contradichas, discutidas e, incluso, combatidas en buena lid. ¿En qué se diferencian ambas situaciones? En que el camión naranja ha sido detenido por las autoridades públicas y la campaña tildada de retrógrada y ofensiva a los sentimientos de la minoría transexual, mientras que la campaña de las marquesinas fue amparada y jaleada por todas las autoridades públicas y, salvo alguna reacción concreta con pintadas, absolutamente respetada por todos. ¿Es esto aplicar las reglas del juego, ante situaciones iguales o muy similares, de la misma forma? ¿Es esto democracia?
Pero demos un paso más allá. Comparemos ahora la campaña del camión naranja con la "performance" que estos días atrás ha llevado a cabo una determinada persona drag queen (no sé si transexual o no) en los carnavales canarios (de hecho ha sido coronada la reina o el rey de la fiesta), en la que, ataviado como su condición sexual debe exigir (¿?) se crucificaba cual Cristo redivivo después de que, como Beyoncé caduca, se echara unos bailes vestida/o de la Virgen de Triana o de la Macarena. Se acusa a los promotores de la campaña del niño con pene y la niña con vulva que ofende los sentimientos y la dignidad del colectivo transexual, llegando, incluso, a decir que puede ser constitutiva de delito. Y la "performance" del drag queen canario, jaleada por el colectivo transexual (quiero pensar que habrá muchos dentro del mismo que no lo hayan visto con buenos ojos; pero lo cierto es que no se han significado), ¿acaso no ofende el sentimiento religioso de muchos que nos sentimos cristianos y que, no ya respetamos y veneramos, sino que amamos a quien murió de verdad en la Cruz y a su Madre, y que nunca se nos ocurriría utilizarlos, siquiera pensando bien, como instrumento de reivindicación, menos aún como motivo de crítica, burla, escarnio, mofa, etc.? ¿Se han aplicado las mismas reglas a ambas situaciones? Desde luego que no, al menos hasta este momento en el que, además, el alcalde de la localidad canaria donde se celebró el evento le ha pedido tolerancia a la jerarquía eclesiástica y a la comunidad católica porque han osado pedir a las autoridades que condenen la representación.
Esto no es democracia. O todos moros, o todos cristianos. Las reglas del juego se aplican siempre para todos o nunca para nadie, pero no se aplican para unos y no para otros ante situaciones iguales o similares. Esto es madurocracia, castrocracia, pinochecracia o -estamos por verlo- trumpicracia.
Pero lo que más incinera mis vísceras es oír cómo los políticos presumen de saltarse la democracia a la torera condenando a unos y levantando el dedo de gracia para otros. Y los peores en estas lides no son, precisamente, los que son coherentes con sus ideas: ¿qué va a hacer el Ayuntamiento de Madrid de Carmena sino detener el autobús naranja y permitir que dentro de poco, en la fiesta del orgullo gay, salgan a la calle sujetos/as vestidos de obispos, curas, monjas, ligados todos ellos con falos enormes repletos de leche merengada? Los peores, los tibios que serán vomitados de todas las bocas que vomiten los peores jugos gástricos intestinales, son los que no creen en nada y pretenden contentar a todos para ganar unos pocos votos que, para más inri, nunca les llegarán para nada. ¡Ay Cristina Cifuentes, escandalizada por la campaña de Hazte Oír, que callas silbando a poniente ante el drag queen crucificado, ante el aborto provocado o ante la monja clavada al falo del obispo en la cabalgata arcoiris! ¡Ay Delegación del Gobierno pepera de Madrid que mandas tus esbirros a denunciar al promotor de la campaña del camión naranja mientras no mueves un músculo ante otros tantos atropellos a la dignidad de los cristianos!
Yo quiero seguir jugando al parchís sabiendo que cuando como cuento veinte. ¡Que no me quiten esto, por favor, es lo último que me queda! Y si para ello hay que acabar con tanto falsario/a politicastro/a, acabemos a urnazo limpio las veces que sean necesarias. Respeto por cada persona transexual honrada consigo misma y con los demás. Respeto por la libertad de defender las ideas de cada cual. Pero desprecio profundo, absoluto, radical e imperdonable a quienes se rasgan las vestiduras cuando se trata de remar a favor del viento y ponen piedras de molino en el cuello de quienes no significan nada para ellos, alterando las reglas del juego o aplicándolas como les sale del papo, alias chichi, alias vulva, alias pepote, alias...
















miércoles, 8 de febrero de 2017

Malo Bono, Bono malo

Por curiosidad malsana, que no por interés, he comenzado a ver "Mi casa es la tuya", el expositivo de las riquezas de los bendecidos por el dólar que nos presenta Bertín Osborne en la "tele", porque el elegido para la loa hoy era José Bono. Digo que mi curiosidad era malsana porque, en realidad, el personaje no me atrae nada sino, más al contrario, le profeso un profundo desprecio. Y quiero dejar esto claro desde el primer párrafo para que las cartas estén boca arriba desde el inicio; quizá Bono, si llegara a tener la fortuna de que leyera estas líneas, no entienda esta jugada de apertura porque lo que él acostumbra es a guardarse algún as de otra baraja en la manga cual tahúr del Mississippi que diría su celebrado Alfonso Guerra.
Sin embargo, mi aproximación al Osborne magacine ha durado lo que tarda en persignarse un cura loco. Exactamente ha durado el tiempo en que Bono ha demostrado lo malo que es. Malo. ¿Malo? Muy malo. Pero malo desde las tripas. No ya de corazón o cabeza, sino de más abajo, de todo el cuerpo, de esencia. Quizá por ello nació en un hogar bendecido por el apellido para que, al menos, en su vida tuviera algún asidero a algo parecido a la bondad.
He de decir que antes de que eclosionara mi paciencia ante el televisor, Norberto ya le había puesto en suerte al acentuar algún rasgo de su vida con el ex párroco de su pueblo, un cura de los que ya no van con sotana ni alzacuellos y que, quizá por eso, ha pasado el filtro del guionista bonoense. Que sí, que Joselito era mu bueno y que le afectó mucho eso de ser hijo único. Pobre. ¡Ah!, y por supuesto ya había repetido el mantra que nos arroja inmisericorde desde que tenía pelo en primera instancia: que su padre era falangista y que él aprendió por ello a querer y respetar a la derecha... porque para demócrata él que quería un güevo a su padre.
Bueno, pues situado ya el verraco, va Norberto y le pregunta, con la inocencia ignorante que le caracteriza: "Oye, Pepe -o algo así-, a ti te ha defraudado algún representante de la Iglesia, verdad". "Pueggg ji, Bertín". Y cuenta Don Bono que una vez vio a San Juan Pablo II amonestar desde la altura con severidad descarnada y un dedo acusador a un pobre curita llamado Ernesto Cardenal que delante de él, arrollidado, le pedía perdón. "Y egg que, cómo era el polaco". Para rematar la faena con  otro recuerdo, también de San Juan Pablo II, celebrando una misa en Chile para Pinochet. "Pueggg qué quiereggg que te diga, Bertín, a mí ejjaggg cojjaagg... pueggg no me gugggtan". Chin pon!
Bono es malo. Pero lo peor de Bono es que parece bono. Con ese tupé estrenado que se ha puesto, y ese cuerpecito de dúo dinámico que le ha salido, y ese padre falangista, ¡coño!, que tanto quería y tanto hizo por él. Y ese hablar tranquilo, y ese democratismo que le exuda por todos los poros, y ese catolicismo que derrama a manos llenas aprendido no de la jerarquía malvada y maléfica sino de la esencia jesusiana y galilea mamada en San Carlos Borromeo.
Pero, ¿por qué Bono es malo? Quizá por muchas cosas, pero sobre todo por una: porque su verdad está impregnada hasta el tuétano de la mentira de la tibieza y la media verdad; porque su lengua no es ya viperina sino triperina; porque su caricia rasga la piel hasta la sangre. Y para muestra el botón regalado a Norberto en su casa, que no es la suya, sino la suya, vamos la de él que no la del otro.
¿Quién es Ernesto Cardenal? Es muchas cosas, entre ellas cura. Pero, claro, cura de los que le molan a Bono. Cardenal fue el líder carismático de la teología de la liberación, el comunismo cristiano, o el cristianismo comunista, y formó parte del gobierno sandinista de liberación nacional, comunista claro, y ciertamente alineado con la violencia populista. Decir que Cardenal propagaba doctrinas apóstatas de la fe católica no es más que una evidencia. La catadura de Cardenal se palpa cuando tras el perdón que le ofreció el Papa Francisco (éste sí le mola a Bono) en 2014, salió diciendo que ese perdón no iba con él y que no significaba que le fuera levantada la suspensión para el ejercicio del sacerdocio que le impuso San Juan Pablo II treinta años antes, y que, ¡vaya!, que se pasaba el perdón por el forro de sus vergüenzas (o algo así). Éste es Ernesto Cardenal, un sujeto cuyo arrodillamiento ante el Papa polaco ya se ve que tenía mucho de mise en scene y poco de verdad.
San Juan Pablo II, todo hay que decirlo, no sabía bailar. Algo malo tenía que tener, coño. Y cuando vio a Don Ernesto arrodillado... pues no lo pilló y le dijo, cara a cara, y sin inquietarle ni preocuparle que le estuviera viendo el mundo entero, lo que tenía que decirle, esto es, que el daño que le estaba haciendo a la Iglesia que su alzacuellos proclamaba era inmenso. Y ¿por qué se lo dijo... y así? Porque San Juan Pablo II era de verdad, íntegro, de una pieza, sin implantes capilares ni ges en vez de eses. Bono, claro, ante esto se gripa pues no entiende ni entenderá el concepto básico de la palabra integridad ni, menos aún, el de valentía.
Y, ¿quién era Pinochet? Un dictador. Pero no un dictador cualquiera, no. Un dictador de derechas. Mu malo, mu malo. Y, ¿qué hizo San Juan Pablo II? Visitar su país, como líder de otro, el Vaticano, y celebrar misa para acabar dándole la comunión al dictador. ¡Qué aberración! Habráse visto. Ahora, a Bono no le importa más que la sal gorda. Nada le interesa, por ejemplo, que en aquella visita Pinochet le dijera al Papa polaco que a qué venía que la Iglesia valorara tanto la democracia cuando cualquier otro medio de gobierno es tan bueno como ése, y la respuesta que le dio San Juan Pablo II también en su puñetera cara: "No. La gente tiene derecho a gozar de sus libertades, aún si comete errores en el ejercicio de ellas." Y esto es sólo un botón de muestra de lo que el Papa polaco discutió con Pinochet. ¡Y, de nuevo, de frente, a las claras, sin miedos ni respetos humanos! De nuevo esto a Bono le chirría. Por supuesto que Don Bono ha olvidado la visita de San Juan Pablo II a Cuba y la misa que celebró ante Fidel Castro. Pero es que, claro, Fidel era un dictador de izquierdas, mu bueno, mu bueno.
Sólo eggcuchar cómo Don Bono dice Juan Pablo II irrita además del oído la epidermis. Y ver cómo Norberto, que se moja menos que un scochtbritte en el Gobi, le lametea sin decoro produce, aquí sí, asco. Mira, Bertín, majo, mi casa no es la tuya ni lo será, y menos mientras que tengas amiguetes como Bono que hacen dudar de cómo Dios será capaz de conjugar su inmensa justicia con su inmensa misericordia. Habrá que estar atentos no ya a la tele sino al Juicio: lo que nos vamos a escojonar.