Ha planteado hoy Javier Tebas, Presidente de la Liga de Fútbol Profesional de España, que tendría que estudiar jurídicamente qué ocurriría con los equipos catalanes si, finalmente, Cataluña proclama su independencia. Y es que, en efecto, jurídicamente tiene su interés. Trataré ahora de dar mi interpretación al respecto.
Es bien cierto que una de las claves del problema está en el Real Decreto 1835/1991, de 20 de diciembre, sobre Federaciones Deportivas Españolas y Registro de Asociaciones Deportivas y, específicamente, en su artículo 6.1 que dice: “Para la participación de sus miembros en actividades o competiciones deportivas oficiales de ámbito estatal o internacional, las Federaciones deportivas de ámbito autonómico deberán integrarse en las Federaciones deportivas españolas correspondientes.” La redacción del precepto es clara y no precisa mayor explicación que afirmar que cualquier club de fútbol (en el caso específico que aquí vamos a tratar) que esté integrado en una federación autonómica necesitará, para participar en competiciones oficiales españolas o internacionales, estar integrado en una federación autonómica que, a su vez, esté integrada en la federación deportiva española que corresponda, esto es, y en el caso que nos ocupa, en la Federación Española de Fútbol.
Repito que lo antedicho es una clave jurídica clara y evidente, lo que implica que la Federación Catalana de Fútbol deberá estar integrada en la Federación Española de Fútbol para que los clubes que están integrados en ella puedan participar en competiciones oficiales de fútbol. Y dicha integración implica, lógicamente, el acogimiento y sometimiento a la normativa española que regula la Federación Española de Fútbol.
Ahora bien, ¿qué sucedería si se proclama la independencia de Cataluña? Pues lo primero que hay que subrayar es que nos encontraríamos ante una dualidad, más que normativa, de legitimidad legislativa. Por un lado, nos encontraríamos con que, al no reconocer el estado español la independencia de Cataluña, España seguiría entendiendo que su normativa jurídica es de aplicación en Cataluña y, por tanto, vincula a quienes allí se encuentren. Por otro lado, Cataluña, que ha declarado su independencia, entendería, en consecuencia, que la normativa jurídica española no sería de aplicación en su territorio y, por tanto, que sus nuevos “nacionales”, personas físicas o jurídicas, no se verían compelidos ni obligados por la ley española.
Claro, ante esta situación, podríamos encontrarnos con que, por ejemplo, el Fútbol Club Barcelona pudiera servirse de la antedicha dualidad legislativa para impedir que el estado español le negara su condición de entidad deportiva sometida a la regulación deportiva española que, insistimos, desde España se entendería de aplicación en Cataluña; y, al mismo tiempo, que al nuevo estado “catalán” le jurara amor y lealtad eterna. De este modo, y como suele ser norma de conducta en el Barça, estaría al plato y a las tajadas, beneficiándose de ambas legitimidades legislativas en función de su interés. ¿Sería esto posible? Desde luego que, jurídicamente hablando, podría producirse esta situación.
En Derecho existe lo que llamamos “el enriquecimiento sin causa o ilegítimo” que, mutatis mutandi, podríamos aplicar a la realidad descrita en el párrafo anterior. Y es que el Barça -en el ejemplo que estamos utilizando- se beneficiaría de la legislación española sin causa porque, de facto, la legislación a la que estaría sometido y habría jurado fidelidad sería la catalana. Dicho enriquecimiento sin causa es sancionado en el ordenamiento jurídico español reconduciéndolo, desde la lógica, hacia la devolución, por parte del que se ha beneficiado ilegítimamente, del fruto del beneficio.
¿Cómo, por tanto, se podría solucionar esta situación? Preventivamente. Y la clave la ha dado el propio Javier Tebas al decir que, declarada la independencia catalana, citaría inmediatamente a la Federación Catalana de Fútbol. ¿Para qué? Para hacerles una pregunta muy sencilla: ¿a qué legislación le da legitimidad, a la española o a la catalana? Si la respuesta es que a la española, implicará renegar del proceso independentista catalán y, por tanto, que España les pueda seguir considerando sujeto pasivo sobre el que aplicar la legislación española. Si, por el contrario, respondiera que a la catalana, la legislación española no le sería de aplicación, y no porque España reconociera el proceso independentista catalán sino porque, sencillamente, la Federación Catalana de Fútbol no reconocería la legislación española. Y, así, al no reconocer la Federación Catalana de Fútbol la legislación deportiva de España, el Barça, de seguir integrado en dicha Federación, tomaría de facto la decisión de abandonar las competiciones oficiales en las que se integra por obra y gracia de que se lo permite la legislación española. Es por ello que se puede concluir que, en tal caso, sería el Barça quien decidiera abandonar la Liga y no la Liga la que obligara al Barça a marcharse.
Reflexiones, propias y ajenas, sobre el mundo que nos engloba, siempre desde una mente jurídica
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viernes, 6 de octubre de 2017
lunes, 12 de diciembre de 2016
Qué gran hombre Luis Enrique I
Hoy se ha celebrado el sorteo de la Champions y a mi modo de ver sólo ha servido para confirmar que Luis Enrique I, entrenador del Barça, es un gran hombre. Dijo hace unos pocos días, casi literalmente, que observáramos los posibles rivales del Barça, nos fijáramos en el segundo más fuerte y sabríamos el equipo al que se enfrentarían. ¡Y dicho y hecho! Considerando que el más fuerte convendremos que es el Bayern, el segundo era claramente el PSG. ¡Jo, qué tío! Esto sí que es un hombre de los de la antigua alianza, cual Jeremías, Ezequías, Melquisedec, profetas del devenir futuro, transmisores de la palabra del Altísimo. Nada de rappeles, aramisesfusteres, octaviosacebes, ni sandrosreyes. Joel, Elías, Amós, Abdías, Jonas, Habacuc, Sofonías, Zacarías...
Pero, por encima de todos, Job, aquel santo varón que se quedó sin bienes y en la miseria, para después ver plagado su cuerpo de llagas y, aún así, perseverar en su amor al Dios de sus padres pese a proclamar: "Clamo a ti y no me respondes, permanezco ante ti y no me miras. Te has vuelto cruel conmigo, me persigues con la fuerza de tus manos. Me levantas a lomos del viento, me haces estremecer en la tormenta." Y es que la sonrisa de Luis Enrique I después de proclamar su profecía dice mucho de su fuste de hombre acostumbrado a soportar pesares sin cuento, a aceptar la voluntad de esos dictadorzuelos de la UEFA amachambrados a la grúa de ACS y decididos a calentar las bolas que hagan falta y dejar fría la única que señalará al Barça.
Después de esta señal del cielo -que para mí lo ha sido- estoy por hacerme culé, separatista y mediterráneo. Ése es el líder al que querría seguir, un William Wallace de nuestro tiempo que sacará las lanzas para conquistar París y, lleno de sudor y sangre, presentar la ofrenda en el salón de celebridades donde se resuelva el enigma del próximo sorteo, mientras espere un nuevo Goliath al que derrotar.
¡Viva Luis Enrique I! ¡Abajo el opresor blanco infame! ¡Viva el Barça manque pierda! ¡Todos juntos a París, y luego a Múnich, y luego a Turín, y luego a... Madrid, a conquistar la urbe que nos sojuzga y nos impide ser libres! Y es que... ¡no hay nada como ver la luz y ser discípulo del profeta, de nuestro nuevo profeta! Esperemos, pues, al mesías. A otro, claro. Uno nuevo, se entiende. Y Luis Enrique I... su profeta.
Pero, por encima de todos, Job, aquel santo varón que se quedó sin bienes y en la miseria, para después ver plagado su cuerpo de llagas y, aún así, perseverar en su amor al Dios de sus padres pese a proclamar: "Clamo a ti y no me respondes, permanezco ante ti y no me miras. Te has vuelto cruel conmigo, me persigues con la fuerza de tus manos. Me levantas a lomos del viento, me haces estremecer en la tormenta." Y es que la sonrisa de Luis Enrique I después de proclamar su profecía dice mucho de su fuste de hombre acostumbrado a soportar pesares sin cuento, a aceptar la voluntad de esos dictadorzuelos de la UEFA amachambrados a la grúa de ACS y decididos a calentar las bolas que hagan falta y dejar fría la única que señalará al Barça.
Después de esta señal del cielo -que para mí lo ha sido- estoy por hacerme culé, separatista y mediterráneo. Ése es el líder al que querría seguir, un William Wallace de nuestro tiempo que sacará las lanzas para conquistar París y, lleno de sudor y sangre, presentar la ofrenda en el salón de celebridades donde se resuelva el enigma del próximo sorteo, mientras espere un nuevo Goliath al que derrotar.
sábado, 10 de diciembre de 2016
Historia que tú hiciste...
EL MADRID NO ES UN EQUIPO DE FÚTBOL
Ya sabemos aquello que decía no sé quién de que el fútbol es un deporte en el que once hombres juegan frente a otros once y siempre gana Alemania. Al ritmo que vamos habrá que empezar a cambiar el refranito con la variante de que el fútbol es un deporte... y siempre gana el Real Madrid.
Es verdad que el Madrid no juega un pimiento. Lo que no es tan claro es lo que cada uno entiende por pimiento. En realidad el pimiento al que ha jugado el Madrid desde siempre ha sido el italiano, largo, verde, bueno para freír, que con un poco de sal y una pizca de pimienta está de rechupete. El juego del Madrid siempre ha sido directo como largo es el pimiento italiano; rápido, vivaz, ahorrativo, donde tres pases son un derroche si se puede llegar al área en dos. El Madrid es Santillana metiendo al portero, con pelota y todo, dentro de la portería. El Madrid es Gento parándose a mirar atrás cuando se daba cuenta de que las gradas con gente habían desaparecido y estaba llegando al río. El Madrid es Benito y su filosofía cuántica definida como balón o tío, pero nunca balón y tío.
Siendo así el pimiento al que juega el Madrid no es de extrañar que Caballo Loco vuele sobre el nido del cuco y suene la última campanada que abre la jaula del animalito. Qué va a ser suerte! Suerte es que cuando ya no tienes nada que hacer porque estás más tieso que la mojama llegue Obrebo (o como coño se escriba) y le invente a la Masía un par de penalties de los que ni con efectos digitales salen en el FIFA 17. Eso sí que es suerte... o como se llame en el argot jimymontanesco.
Y es que, en realidad, el Madrid no es un equipo de fútbol. Es más bien una necesidad social que oxigena los pulmones cada vez más vacíos por la sangre que Montoro nos succiona. No necesita el Madrid de estrategias, pizarritas magnéticas ni variaciones tácticas. Lo que precisa es lo que ahora tiene, un tipo calvo en la banda al que el traje le queda como a nadie, que ha sido cocinero, vendimiador y carnicero antes que fraile, y que se limita a hacer lo que tiene que hacer: liberar a Caballo Loco cuando la luna llena se posa sobre el Bernabéu y dejar que actúe.
Ya sabemos aquello que decía no sé quién de que el fútbol es un deporte en el que once hombres juegan frente a otros once y siempre gana Alemania. Al ritmo que vamos habrá que empezar a cambiar el refranito con la variante de que el fútbol es un deporte... y siempre gana el Real Madrid.
Es verdad que el Madrid no juega un pimiento. Lo que no es tan claro es lo que cada uno entiende por pimiento. En realidad el pimiento al que ha jugado el Madrid desde siempre ha sido el italiano, largo, verde, bueno para freír, que con un poco de sal y una pizca de pimienta está de rechupete. El juego del Madrid siempre ha sido directo como largo es el pimiento italiano; rápido, vivaz, ahorrativo, donde tres pases son un derroche si se puede llegar al área en dos. El Madrid es Santillana metiendo al portero, con pelota y todo, dentro de la portería. El Madrid es Gento parándose a mirar atrás cuando se daba cuenta de que las gradas con gente habían desaparecido y estaba llegando al río. El Madrid es Benito y su filosofía cuántica definida como balón o tío, pero nunca balón y tío.
Siendo así el pimiento al que juega el Madrid no es de extrañar que Caballo Loco vuele sobre el nido del cuco y suene la última campanada que abre la jaula del animalito. Qué va a ser suerte! Suerte es que cuando ya no tienes nada que hacer porque estás más tieso que la mojama llegue Obrebo (o como coño se escriba) y le invente a la Masía un par de penalties de los que ni con efectos digitales salen en el FIFA 17. Eso sí que es suerte... o como se llame en el argot jimymontanesco.
Y es que, en realidad, el Madrid no es un equipo de fútbol. Es más bien una necesidad social que oxigena los pulmones cada vez más vacíos por la sangre que Montoro nos succiona. No necesita el Madrid de estrategias, pizarritas magnéticas ni variaciones tácticas. Lo que precisa es lo que ahora tiene, un tipo calvo en la banda al que el traje le queda como a nadie, que ha sido cocinero, vendimiador y carnicero antes que fraile, y que se limita a hacer lo que tiene que hacer: liberar a Caballo Loco cuando la luna llena se posa sobre el Bernabéu y dejar que actúe.
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